LA CAVA

Siempre es verano en ese lugar. El aroma dulzón de las parras: uvas verdes y violetas que se mezclan en racimos y se trenzan en el colchón de hojas secas y desordenadas, empapadas de rocío.

Bajo una angosta escalera está la puerta que rechina, y después los escalones que llevan a la oscuridad del invierno eterno, donde el tiempo está amarrado a los encantos de un ’50 ya descolorido.

Entonces, la presencia intimidante del gran barril de madera que pretende escabullirse en la pared rugosa envuelve en un gesto impetuoso a todo aquel que se atreve a enfrentarse a su enormidad. Viejo; inútil artefacto que ahí reposa, ahí vive.

Todo está intacto en ese lugar. Imágenes en sepia impresas sobre cartón áspero, iluminan rostros que conservan la frescura y calidez de una época que reside en un espléndido recuerdo: contraste de cansancios y alegrías. Otras fotografías cuentan el inicio de un futuro impredecible, de una bala que apuntó a la fe, de una creencia que se hizo tan fuerte que se convirtió en realidad. Dispersos hilos de viña que entretejiéndose en la inmensidad de un campo desprevenido hicieron de una utopía la existencia, y en cada imagen son más, y más frondosos y menos dispersos. Es tener en las manos el registro de los años; sentirlos.

Las botellas, vestidas de polvo y tierra, se acomodan sobre estantes de hierro. Contienen épocas de viejas cosechas, tiempos de faroles a mantilla, caminos de tierra andados de pies descalzos. Los dibujos y las letras de algún artesano todavía viven en la colección de etiquetas y en algunas placas de agradecimiento que atestiguan la memoria.

Un pequeño universo sin teléfonos, sin sillones frente a algún televisor, se congeló en esta cápsula, donde una mesa de lata duerme en un rincón, cerca del mostrador de madera que sostiene la balanza de bronce, cinco medidas de estaño y frascos de caramelos. Recuerdos de un almacén de los años ’40, testigo de interminables partidas de truco y reuniones de campaña alrededor de una enorme radio vieja, que auguraba un tiempo prometedor.

¡Todo significa tanto en ese lugar! Todavía existe la primera botella de vino, y los borrosos esbozos a lápiz de la primera etiqueta. Todavía existe lo que alguna vez existió.

María Victoria Calcagno Zubizarreta